miércoles, 20 de octubre de 2010

"La luz de los metales" de Benjamín león
















El poeta chileno Benjamín León se alzó como ganador del XII Certamen de Poesía Flor de Jara, el pasado año, certamen convocado por la Diputación de Cáceres. No es un logro menor para este poeta serenense, nacido en 1974 y profesor de Castellano y Filosofía, que lleva gran parte de su vida dedicado al estudio de la poesía, desarrollando una labor creadora donde se aúnan la depurada técnica, el elevado lenguaje poético y una profusión exhaustiva en la filosofía y la hondura del ser como elemento fundamental de la construcción poética.

Su cuidado léxico y el gran dominio de los recursos literarios tradicionales, hacen a su poesía de una plasticidad asombrosa, asentada en la musicalidad intrínseca de la palabra que va desglosando los conceptos para convertirlos en un todo sugerente y evocador, donde la emoción y la belleza prevalecen sobre la retórica y abren todo un abanico de posibilidades a la interpretación del lector.

Su obra "La luz de los metales", ha sido publicada por la organización del certamen y en breve será presentada en la ciudad de Cáceres y a lo largo de la geografía tanto española como chilena.

Si nos adentramos en el poemario, ya desde los primeros poemas, advertimos una clara tendencia a la prospección en los elementos que van a componer el grueso del libro:



1

Pájaros, formas de haber amado lo volátil de la noche y la imposible huella del rocío.
Luz, hebra de inextinguible cauce sobre el cuerpo que alimenta la sed y la tiniebla.

Yo no escribí los símbolos del agua,
no perpetré la forma a veces tierra de tu voz hecha caída y escaso regocijo en la espesura.

Yo descifré los últimos metales que en tu cuerpo giraron escondidos;
y fui el abrigo bajo el viento de las alas, la posibilidad futura de los astros, el suelo abarcador de las raíces.

Sólo aprendí la paz de la pobreza,
la paz de estar desnudo en la temblanza,
el gris amanecer de los metales.



2

Cuerpo que en ti renace: árbol, palabra o niño donde los brotes de la luz forman el tiempo.

Explico tu ciudad cuando abandona el grito matinal de la simiente.
Explico las campanas desmedidas queriendo hundirse en campo de la sombra.
Explico sobre espejos y espesuras, sobre el jardín y la humedad herida,
sobre el silencio
cuando cae.

Ya conocí la escasa soledad que las ventanas tienen,
el triste despertar de las cortinas,
el grito de la sed en los rosales.

En esta historia escribo sobre el fuego,
me vuelvo a despojar de la palabra, y escampo en los motivos de la lluvia.




"La luz de los metales" es un poemario de una complejidad filosófica importante, donde el poeta demuestra una movilización espiritual por los parámetros más trascendentales del ser humano, la consecución de elevados momentos líricos que sobrepasan los limites espacio temporales y ahondan en la esencia de los instintos, el conocimiento y los estados más puros de exaltación en el dolor, el pasado, la naturaleza, el amor, la religión o la pérdida: "Todas las sombras fueron un lugar donde la luz quebraba su gemido./ Era un hogar de ruidos la memoria, un páramo escribiendo la distancia./La sed, un cuarto de silencio y de promesa,/ un casi respirar para otra dicha, un quiebre por encima del lenguaje."

El poeta recrea desde el alumbramiento de un despertar a nuevos caminos, el tránsito por donde sucede el pasado, el presente y el futuro como una unidad multidireccional que se va abriendo en la hondura y la majestuosidad de unos versos largos, rigurosamente métricos, que le confieren un ritmo tan musical como contundente y que arrojan luz a temas tan definitivos como la muerte, la maternidad o el discurrir del tiempo, pasando por la elegante erótica que se ve adornada por los matices de un dramatismo muy bien hilado a los impulsos más primarios del hombre: "Debajo de la noche, una jauría corre veloz a sus cuarteles:/ entonces yo te amo./ En la fertilidad aúllas, crujes; abres sonidos llenos de quebranto y hasta el silencio/ asciendes./ Un funeral de luz cruza tu cuerpo."

En la segunda parte del poemario, llamada “Cantos de niebla”, el libro da un giro hacia una temática de corte social en la que el autor se va comprometiendo a través de los versos con la sociedad y el medio, heredero de una generación donde late un Chile que se regenera en la memoria y la responsabilidad de la esperanza, Benjamín León, hace de la palabra una mirada al tiempo, una caricia dolorosa que va penetrando en las raíces de vivencias tan determinantes como la pobreza, el hambre, el miedo o la ira: “Eran la paz./ En el olvido yacen sus desapariciones, los números recién cortados./ Hombres, pequeños hijos de otro tiempo,/ banderas que en lo oscuro rasgan sus patios imposibles.” Un desgarro nombrado desde la firmeza, desde un sentir americano particular y tierno, pero enmarcado en un verso tan universal como extensible a cualquier geografía, la palabra que va abriendo surcos emotivos y precisos en torno a la memoria, pero sin caer en la fácil recreación tétrica, si no en la aceptación de unas circunstancias que van anotando sus heridas con la lucidez de la superación y el compromiso con las sensaciones más íntimas: “Hay un cordel gritando la desdicha,/ zumbidos de palomas,/ úlceras que desangran al país/ y el largo desalojo de tu nombre./ Lloro tu rastro como a Víctor./ Duele en mi corazón / la infancia de tus ojos,/ el suelo paternal de los carruajes”.

“La luz de los metales” se desarrolla en el ámbito de una simbología muy concreta a través de la cual el poeta va abriendo a los ojos del lector las puertas interiores por las que la luz penetra con una fluidez asombrosa, esta simbología, muy arraigada al tradicionalismo, que en ocasiones nos conduce al romanticismo alemán, con sus claroscuros, o la floración estética del verbo en el marco de la naturaleza, que recrearan los románticos ingleses, en la voz del chileno toma un rumbo regenerador del lenguaje poético, una nueva construcción a partir de estas bases poéticas tradicionales, que incide en el lector actual y su contexto a través de la estética y la reverberación de la belleza en la palabra: “Un hombre puede hundirse en los racimos,/ callar su cuerpo con el barro, saber donde la paz desata el fuego;/ pero arribar al corazón,/ a sus fractales o balanzas, quién,/ qué tenebroso río puede sacudir sus tropas/ y hallarse en el probable del amor, la atribulada luz.”.

Benjamín León, logra, con el que será su primer poemario publicado en España, el afianzamiento de una voz personalísima, que nos recuerda, por su alta calidad lírica, su lograda imaginería y la gravedad de sus planteamientos a poetas coterráneos de la altura de Vicente Huidobro, Miguel Arteche o Gonzalo Rojas. Un merecidísimo galardón para una obra de minuciosidad inteligente, elegante y de un contenido poético elevadísimo, sostenida por el trabajo de un autor entregado a la creación poética, conocedor de su oficio y de calidad literaria sostenida a lo largo de una carrera que ahora comienza a despuntar en el viejo continente y que con toda seguridad irá dejando profundas huellas en el tiempo.



Poema 11 – Parte I “La luz de los metales”


Lágrima que despoja mi tesón, oscuro germinar de la insistencia.

Sé que los árboles reviven, que el viento abre sus fauces y se inunda; que el fuego se destiñe en su prisión.

Debajo de la noche, una jauría corre veloz a sus cuarteles: entonces yo te amo.

En la fertilidad aúllas, crujes; abres sonidos llenos de quebranto y hasta el silencio asciendes.
Un funeral de luz cruza tu cuerpo.



Del hambre – Parte II “Cantos de niebla”


Subsisten bicicletas en los patios heridos,
y en nuestro corazón la sombra de los techos oxidándose persiste a toda vanidad.
Aún el llanto del exilio, aún la puerta rota,
aún el ruido ardiente de las tripas por la noche.
El hambre, con su muro verde, con su jaula vacía desollando la infancia.
Era la lluvia y sus metales causándonos invierno y desnudez,
creciendo en nuestras uñas o en los años,
dejándonos la oscuridad y el olor de las migas.
Oíamos la sangre en los pasillos, callábamos la miel inexistente
y el sueño en nuestros párpados hervía las palabras.
Así fue la pobreza marcándonos los huesos
y el joven corazón de nuestros padres.

Ahora me traspasa el grito en la memoria herida,
a menudo retornan los insectos del hambre al largo desalojo de las mesas,
a menudo las cifras del dolor sumergen la esperanza.
Acá se encuentra el duelo y el aceite, la cólera y el miedo,
los ojos no cegados de mi madre, la fatiga y el llanto.
Pero lejos del óxido subsisten lugares de pureza en que dormir,
el lento despegar del frío y su balanza,
el ruido engendrador que aflora en nuestros puños.

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